José Juan Rivero*
En esta sociedad cada vez más compleja y estresante, donde parece que nos acostumbramos a vivir entre las malas noticias, en un mundo donde el materialismo parece condenarnos al fracaso, bajo la falsa promesa de progreso y de bienestar mal entendido. Cuando hemos obviado que el objetivo de toda persona es la felicidad, ya que los esfuerzos económicos a nivel mundial se centran en la economía, la felicidad se convierte hoy en una apuesta social.
El objetivo vital que se nos plantea desde nuestra infancia está vinculado al éxito, principalmente económico, poseer el mejor trabajo, que me abrirá las puertas hacia la vida prometida, respondiendo a la norma moral que nos dice: tanto tienes, tanto vales, pero no solo nos regimos así las personas, también se mide el bienestar de un país por su riqueza, respondiendo a valores como su PIB, que mide el volumen de bienes y servicios que se producen y consumen. En ambos casos se abandona como objetivo de vida la felicidad, más relacionada con otros factores internos y más estables.
